A vueltas con la confusión del consumidor y las denominaciones de los aceites de oliva

En cualquier estudio sobre el conocimiento del consumidor de aceites de oliva se constata que los consumidores no conocen los distintos aceites de oliva que se ofrecen en el mercado y, mucho menos, las diferencias entre ellos; una aparente contradicción en el país líder en producción de aceites de oliva. Sin embargo, este desconocimiento, que hay que extender también a buena parte de los productores, es lógico porque, por un lado, la política de denominaciones de los aceites de oliva no ha pretendido que los consumidores pudieran conocerlos, sino todo lo contrario y, por otro lado, porque las políticas de comunicación han tratado de trasladar a los consumidores que todos los aceites de oliva son igual de magníficos. Este comportamiento ha sido y es una constante en las políticas públicas que, normalmente, están diseñadas por los oferentes, más bien por los intereses de los oferentes, y nunca por los consumidores. Incluso una institución del prestigio de la Real Academia Española no está interesada en trasladar a los consumidores estas diferencias y desconoce que existe el aceite de oliva virgen extra y no define correctamente los aceites de oliva, aunque ha mejorado las definiciones últimamente, gracias a la insistencia del Consejo Económico y Social de la provincia de Jaén. ¿Cómo hacer para que los consumidores distingan entre aceites de oliva? Utilizando signos que les permitan inferir sus diferencias sin ser expertos. De este modo, los consumidores tendrían más fácil elegir de acuerdo con sus preferencias, gustos y posibilidades. Desde el año 2000, en la Universidad de Jaén venimos investigando sobre este asunto. Y hemos concluido que lo mejor es utilizar signos. Así, creemos que sería muy fácil que un consumidor en cualquier lugar del mundo pudiese distinguir entre calidades de los aceites de oliva sin tener que saber de acidez, de peróxidos, de panel test, etc. Por ejemplo, utilizando símbolos: un virgen extra, que es el aceite de más calidad, podría distinguirse con cinco aceitunas o cinco estrellas -u otro sistema similar-, por ejemplo; un virgen, con cuatro; un aceite de oliva, con tres; y un aceite de orujo de oliva, con dos. Así, cualquier consumidor podría inferir que cinco es mejor que cuatro y cuatro mejor que tres, etc. Igual que hacemos con los hoteles, por ejemplo. Por supuesto, que al consumidor le puede gustar uno más que otro, pero con conocimiento pleno. También, de este modo, entendería que uno con cinco aceitunas o cinco estrellas es lógico que valga más que uno con cuatro, y uno de cuatro más que uno con tres, etc. Como se ve la solución es fácil. ¿Por qué no se adopta? Pues porque, tal vez, convenga a algunos, a los que están cómodos con la confusión, que el consumidor siga sin saber. Mala cosa, en un sector en el que con demasiada frecuencia y en los discursos se demanda transparencia. Esto que proponemos sí lo es y de verdad. Pero, es más, si los españoles no lo hacemos, otros países sí lo harán, y ocuparán el lugar de liderazgo que por tradición y producción nos corresponde. Serán los que clarifican, los que se preocupan de los consumidores y, por contraste, quedaremos relegados a los defensores de la confusión. Mal asunto para la imagen y el prestigio de un sector que, actualmente, se preocupa por producir los mejores aceites del mundo. Por Manuel Parras Rosa, Francisco José Torres Ruiz, Carla Marano Marcolini y Esther López Zafra, de la Universidad de Jaén